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jueves, 22 de septiembre de 2011

AL DÍA SIGUIENTE.




Daban las 12 cuándo al fin se dignó a aparecer por el salón. Yo estaba haciendo el payaso con mi guitarra, como frecuento hacer cuando trato de no pensar, de abstraerme del mundo. No hay nada mejor para evadirse que la música, la de uno  mismo. Interpretar es como soñar, como un mundo a parte, otra cosa, un paréntesis a nuevas sensaciones producidas por la propia canción, es como poder elegir cómo quieres sentirte, como escoger en qué pensar y en qué no, como… no sé, magia. No obstante no se ve igual desde dentro que desde fuera, pues era evidente que la burda imitación rocanrolera de Sabina –si me oye me mata-, que estaba improvisando con mi vieja guitarra española, a parte de haberla despertado, parecía hacerle mucha gracia, pues cuando me percaté de su presencia, estaba en el suelo, de rodillas, desternillándose.
-¿Cuánto llevas ahí? –pregunté sonrojado.
-Lo suficiente –contestó, sin tan siquiera levantarse del suelo. Resultaba divertido verla allí arrodillada, con nada más que su ropa interior y mi camisa de cuadros que se había agenciado ayer para dormir, puesta por encima, a la vez que trataba sin éxito de aguantarse la risa.
-No le veo la gracia, e… esto… ¿cómo decías que te llamabas? –dije yo, vacilando.
-Lo sabes de sobra –respondió ella fulminándome con la mirada. Ya no reía, ahora estaba seria, pero seguía igual de graciosa-. Se te da de miedo pinchar, ¿sabes?
-Por desgracia sí –contesté entre risas. Habían cambiado las tornas.
-En fin, perdona si no te ha hecho gracia que me riese, valga la redundancia –dijo levantándose del suelo y dirigiéndose hacia la cocina, insinuando una ofensa que no era tal.
-¡Eso nunca! –la detuve yo. Ella se giró curiosa y se quedó apoyada en el marco de la puerta-. ¿Desde cuándo es malo hacer reír? La risa es la razón por la que estamos en este mundo. Si me molestase hacer reír a los demás sería como negarme a dejarlos vivir. No soy tan egoísta.
-Hay más cosas que eso. Está claro que la risa es importante, pero de ahí a decir eso…
-Dime una –la interrumpí-, solo una cosa más importante que la risa.
-Pues no sé, la familia.
-¿Una familia triste?
-¡No!
-jaja, tu madre es la primera persona que te hace reír, cuando no eres más que un bebé. Además, no son cosas comparables. Lo que yo quería decir es que un día en el que no te has reído, es un día perdido. Cuando ríes eres feliz, prefiero gastar mi tiempo en reír que en cualquier otra cosa.
-Y así te va… mira que piso. Me sorprende que tengas leche en la nevera.
-No había. He bajado a comprar hace nada, y tostadas, por que te gustan las tostadas ¿verdad?
-¿Cómo lo haces? ¿Cómo haces para que te queden ganas para reír?
-Simplemente trabajo en ello. Si te dan a escoger entre ser feliz o millonaria ¿qué eliges?
-Feliz, claro está, pero…
-No hay peros. Prefieres ser feliz, y sin embargo trabajas para conseguir dinero, pero no haces nada por ser feliz.
Ella permaneció un tiempo callada, reflexiva, mientras su mano izquierda jugaba con su pelo, y su mirada perdida deambuló por la habitación hasta encontrarse en una foto que tenía sobre un viejo televisor lleno de polvo.
-¿Y cómo se hace? –preguntó ella al cavo de un rato.
-¿Qué?
-¿Qué tengo que hacer para ser feliz?
-Pues… lo primero –contesté yo sonriente-, desayunar.





viernes, 2 de septiembre de 2011

Ella.

Es increíble. Da igual el momento y el lugar, ella siempre deslumbra; sobresale por encima del resto, sin importar quién esté alrededor, y qué esté pasando. Es como si el mundo girase porque ella está ahí; como si todo lo que la rodea, estuviese puesto ahí estratégicamente para que ella combine a la perfección con el entorno… todo le queda bien, todo está ahí para ella.

Es muy guapa, y lo sabe. Su estricta melena lisa, de color castaño como el otoño, remata en su frente en un flequillo rebelde, indomable al igual que su alma, y que la hace humana como al resto. Tiene los ojos a juego, marrones, claros u oscuros según se le antoje, fríos y calculadores, en los que puede leerse a la perfección la palabra “quiéreme”, palabra que sus labios, suaves y dulces como la miel, parecen condenados a esculpir, una, y otra, y otra vez.

Es imposible no amarla. Y ella lo sabe. Jamás se detuvo ante nada. Si quiere algo, lo coge y no se para a pensar en nada más. Desconoce la palabra “no”, si no es pronunciada por su boca. Todo lo que hace es en su beneficio, o en su entretenimiento personal. Le encanta jugar, con todo. Todo se puede convertir en un juego para ella. La vida misma es un juego, el mayor de todos, y no tiene pensado perderlo.

Yo la odio. La odio por fijarse en mí. La odio por hacerme sentir la persona más importante del planeta cuando me dedica una de sus sonrisas a medias. La odio por quererme como solo ella sabe querer. La odio porque la amo. Y creo que sí, eso ella también lo sabe.